La agonía de la confianza
De entre 180 países que considera el ránking mundial de Transparencia, Chile figura en el 29° puesto. El caso es que si bien muestra buenos índices en la medición que observa el buen actuar del sector público, la situación es preocupante si se considera que nuestro país viene en caída sostenida desde 2014, donde lideraba Latinoamérica en este tema y se destacaba positivamente en esta materia.
A la luz de los hechos, la cifra podría ser positiva o bien, tener una mirada más que generosa. Las palabras del Fiscal Nacional Ángel Valencia calaron hondo cuando sostuvo que en todas las regiones del país hay, a lo menos, un municipio investigado por malas prácticas. Y en eso, la región de Ñuble tiene mucho que decir con tres comunas intervenidas, sus alcaldes detenidos y el manto de la corrupción presente con una justicia que observa detenidamente cada uno de los consistorios locales con mirada inquisidora.
Tanta fue la presión aplicada al gobierno, que a fines de 2023 se propuso la Estrategia Nacional de Integridad Pública, plan que contiene más de 200 medidas anticorrupción que entre otras cosas, apuntan al resguardo de los fondos públicos, la integridad de los municipios y diversos cortafuegos para la ley de compras públicas, entre otras. El tema es que los objetivos están trazados a 10 años, plazo que sin duda, es mucho esperar.
La pregunta que bien vale la pena hacerse hoy es si Chile tiene altos estándares de probidad o una corrupción más bien asolapada. Ciertamente, nuestro país es considerado el más probo de América Latina, pero irónicamente es una de las grandes preocupaciones de la ciudadanía. Entonces, es probable que nos estemos acostumbrando a ver alcaldes desfilando por los tribunales y escándalos de traspasos de fondos públicos a diestra y siniestra para ser gastados en quien sabe qué y por quien sabe quién.
Y mientras seguimos trabados en debate bizantinos buscando la manera de que el gato no siga sacando las castañas con su patita, la crisis de confianza ciudadana se agudiza al punto de la agonía. Lo peor que podría pasar es que se normalice esta situación y en eso, la comodidad tiene mucho que decir ante una evidente pasividad de las autoridades. El día que dejemos de sorprendernos, habrá sido todo.
